Con el estallido de la guerra, el fotoperiodismo alemán llega a su fin. El régimen totalitario solo acepta reporteros gráficos seleccionados, que son utilizados como soldados en compañías de propaganda. Suministran material bélico visual a la población. Leica IIIc, en particular, forma parte del lenguaje visual de la pérfida estrategia mediática, que intenta mostrar superioridad, proximidad a la acción y voluntad de victoria. Goebbels llega incluso a calificar a esa Leica, precisa y portátil, de «arma» en la lucha ideológica.






Ya en 1933, Alfred Eisenstaedt fotografía a Joseph Goebbels en Ginebra por encargo de la revista Life. El ministro del Reich para la Ilustración Pública y Propaganda, nombrado ese mismo año, sonríe hacia un lado antes de dirigir su mirada hacia Eisenstaedt, que es judío. El rostro de Goebbels se ensombrece abruptamente. Clic. Descubierto. La imagen revela la cara oscura del poder y da una pista del profundo odio que el mundo todavía puede esperar de él.
Cuando tengo una cámara en las manos, no conozco el miedo.– Alfred Eisenstaedt© Alfred Eisenstaedt / The LIFE Picture Collection / Shutterstock

De tal palo, tal astilla: al igual que su padre, Elsie Kühn-Leitz también ayuda a personas perseguidas durante la guerra. Ser descubierta por los nazis puede costarle su propia libertad, la de su familia y, por lo tanto, el futuro de la empresa. Se trata de un riesgo consciente que pronto se convierte en un peligro real. Cuando la «medio judía» Hedwig Palm es descubierta en Suiza al cruzar la frontera, la implacable búsqueda de traidores por parte de la Gestapo acaba llevándolos hasta Elsie y su padre.
Sin embargo, Ernst Leitz II es liberado tras horas de interrogatorio y la empresa «solo» queda bajo estricta vigilancia. Elsie asume toda la responsabilidad por las personas fugadas. Es trasladada a la prisión de la Gestapo de Fráncfort, donde permanece recluida en condiciones potencialmente mortales. Por suerte, tras tres meses angustiosos, su padre consigue liberarla. Según los informes, a costa de pagar sobornos millonarios.




El régimen nazi convierte la industria alemana en una economía de guerra. También en Leitz, la producción se restringe, a la fuerza, a la óptica militar. En 1942, Ernst Leitz II se ve incluso obligado a afiliarse al NSDAP para salvar la empresa. Mientras tanto, los empleados que están en el frente son sustituidos por trabajadores deportados forzados a trabajar. En contra de la voluntad de los nazis, la familia Leitz trata a estos empleados lo mejor posible, lo que más tarde les valdría una reprimenda del partido.